Carolinas, cap. 3: Palmeretas

Palmeretas era la plaza central de la vida social de Carolinas Bajas, allí he sido feliz. Y allí se fue formando mi vida intelectual.  Hace años intenté recoger mis opiniones sobre cine, las opiniones cinematográficas de uno de Carolinas Bajas, cuando veía una película anotaba lo que me parecía, y lo hacía con mucho dolor.  Intentaba hacerlo como lo haría uno de Palmeretas cuando habla con alguien que no le respeta, que no le respeta por lo que es y por donde está.

A los de mi barrio no siempre nos respetan, los que se cree que saben algo, que tienen una pequeña cantidad de conocimientos, imbéciles que no piensan, que solo repiten, que han pasado su vida pensando lo mucho que se gustan, no nos respetan.  Por eso cuando salí del barrio, y empecé a pasar más tiempo con éstos que no eran los míos pero que ahora estaban más cerca, comencé a defenderme, a tener distancia, y a huir  de ellos, a no ser lo que no quería ser.  Tanto me protegí que no me hice uno de ellos pero yo ya no era uno de los míos. Y ahora estoy en ninguna parte. 

En una ocasión estaba con un grupo de intelectuales reconocidos (ha habido muchas aventuras de rústico en dinerolandia en mi vida) hablaban con mucho desprecio, hablaban de la gente como si ellos no fueran gente.  Entendían solo lo que ellos entendían, reían su desprecio, reclamaban la exclusividad del disfrute, pensaban que lo bueno se hacían para ellos, solo para ellos.  En el fondo creo que cada una de ellos lo que hacía era solo para él, y para su puta madre en bragas montada a caballo y vestidad de faralaes, pero eso es una apreciación muy personal a la que me lleva mi rabia carolínica. Y en un momento dado yo abrí la boca, me vi hablando, y como en muchas otras ocasiones perdí una estupenda oportunidad de callarme.

Empecé a contar que en los primeros años ochenta yo me reunía con mis amigos en Palmeretas.  Nos reuníamos principalmente para drogarnos, drogarnos en compañía, drogarnos amigablemente y disfrutar del maravilloso mundo del narcótico ilegal.  Había una bodegueta que nos servía de centro social, allí tomábamos mucha cerveza, mucho vino y mucha palabras.  La dueña no solo permitía que nos drogásemos a gusto, sino que también, si no teníamos con que, nos lo proporcionaba.  Era una señora, toda una señora que se preocupaba como una madre de nuestra felicidad.  Compró una tele a color y un vídeo reproductor.  Esto fue increíble.  Nos cambió la vida.  Empezamos a traer películas para conformar el primer vídeo club etílico de Alicante. Traíamos de todo, empezamos con un ciclo de cine asiático – Bruce Lee, Ozu, Mizoguchi y El luchador manco – (No nos gustaba Kurosawa). Otro de cine francés con Louis de Funes y Godard, y así poco a poco construimos nuestro universo fílmico. 

Un día Pedro trajo un vídeo sobre Martha Graham, nos dejó muertos, nos cambió la percepción de todo. Ya no podíamos ponernos sin ver a Martha moverse.  Martha nos abrió los ojos y la heroína nos los sacó de las órbitas.  Tanto nos alteró que decidimos levantarle una estatua en la plaza.  Iniciamos una subscripción popular obligatoria entre los vecinos de los barrios aledaños, y sobre todo entre los vecinos de los barrios más acomodados, a los que a sabiendo que ellos, que no tenían problema económicamente hablando para erigir el monumento, no lo harían nunca. Y no lo harían por desconocimiento, o lo que era peor porque no sabían apreciar lo que ella y Cunningham y otros habían regalado al mundo.  Los ricos, bueno más que los ricos, los que son o no son, no aprecian, solo desprecian. Cuando vimos que con contribuciones pequeñas no llegaríamos a nada pedimos la colaboración de unas cuantas farmacias. Los farmacéuticos siempre tienen dinero de más, ninguna farmacia cierra y son de lo peor que hay. Y Pedro que sentía como nadie suya la labor, atracó una sucursal del Banco de Vizcaya. 

Con la pasta en nuestras manos decidimos plantear un concurso informal entre varios artistas españoles que nos gustaban.  En Alicante no nos gustaba nadie. Eva trajo unas fotos de unas de Madrid muy bien hechas.  A mí personalmente me parecían faltas de alma, pero estaban bien hechas.  Yo iba mucho a Galerías Preciados a hojear libros de arte y encontré lo mejor del mundo en esculturas, un catálogo del Museo Arqueológico de Nápoles.  No nos lo podíamos ni imaginar. Al final decidimos que queríamos una escultura de la Graham en la misma posición que una figurita de bronce de un fauno que habían encontrado en una casa de Pompeya.  Años después lloré y lloré delante de ella.  Al señor, me refiero al artista seleccionado, que resulta que era manchego como muchos de los padres de mis amigos, al principio no le interesaba mucho el asunto, le pagamos la mitad por adelantado, le informamos de algunas cuestiones que nos parecía interesante que supiera y accedió, y la verdad es que lo hizo estupendamente.

Convencimos a los del PCE que tenía la sede en Palmeretas que arreglaran el papeleo para que luego no quisieran quitarla los del ayuntamiento y que todo fuera bien.  El alcalde vino a inaugurar la escultura y todos estábamos convencidos de que aquello le parecía una cosa rara, y que él no sabía quién era Martha Graham.  Pero ahí está, puesta, por muchos años su memoria no se perderá entre las gentes de Carolinas.  Nosotros, en homenaje, cada vez que nos inyectábamos heroína clavábamos la jeringa a sus pies y disfrutábamos de lo que Afganistán y Martha nos habían dado.

Cuando terminé de contar esto nadie dijo nada.